Todos los 16 de Julio se celebra en el pueblo la fiesta de
Ese día es feriado y arranca con un desfile donde participan instituciones, como la escuela, los bomberos voluntarios, el Centro de Día y el CEF nº 10, con el añadido pintoresco de gauchos portando caballos, caballos solos y hombres realizando destrezas de todo tipo.
Ese día todos los hombres y mujeres del pueblo sacan a relucir sus mejores trajes, ponchos y diseños de platería.
Las damas de alta alcurnia se funden en sus tapados, sacos de visón y vestidos de seda y salen a la calle en compañía de sus maridos, hijos o vecinos con el objetivo de celebrar su fé en Dios y
La madre de Jesús está enfundada en pesadas ropas que forman un gran vestido. Traída por los españoles, allá por 1800, tiene puesta una peluca de rizos morenos, quien sabe de qué mortal extraída, y una corona de reina.
La cabellera artificial cubre casi todo su rostro que deja entrever una expresión triste. Su cuerpo es demasiado pequeño para soportar las pesadas y lujosas ropas que lleva puestas, así como la triste y célebre historia que carga detrás de sus espaldas que algunos pueblerinos la cuentan tal cuál la transcribiré a continuación:
“Dicen que en los tiempos de la colonia un “malón de indios” se acercaba en dirección al Fortín de Areco, fortaleza que unía los pueblos de San Andrés de Giles, San Antonio de Areco y Carmen de Areco, cuando el mismo fue interceptado por un grupo de colonos. Parece que alguien había hecho sonar las campanas del fortín avisando que el “malón de indios” se acercaba. Pero nadie sabía quien había sido.
Luego de que estos “hombres de bien” cumplieran con su cometido: (destruir al “malón” para reestablecer el orden), algunas personas se acercaron hacia el fortín (aún no se ha podido recabar el dato histórico preciso de quienes fueron esas personas) Momento en el cuál los hombres descubrieron entre las manos pequeñas de la virgen que se encontraba guarecida en el fortín las sogas que sostenían y hacían sonar las campanas.
Es a partir de ese momento que se nombra a
A eso de las dos de la tarde, hora en que los párrocos de turno y personal eclesiástico sacan a la virgen para realizar la procesión, la gente se concentra frente a la iglesia. Hombres y mujeres saludan a la virgen agitando pañuelos blancos al grito de “¡Viva
Alrededor de la plaza se acumulan vendedores ambulantes. Pronto la celebración religiosa pasará a segundo plano y la plaza se llenará de gente, visitando puestos de joyas de segunda mano y comiendo choripanes, mientras acompañan a sus niños con globos y copos de azúcar.
Del otro lado de la ciudad el silencio y hastío del campo se torna inevitable.
Con mi padre caminamos en dirección contraria a la plaza.
Mi padre nunca fue amante de las costumbres y tradiciones. Más aún siempre aborreció las festividades de todo tipo.
Extremadamente austero para vestirse se pone una boina vieja, alpargatas y salimos a caminar, bajo un sol de julio envidiable, hacia la vieja estación de tren.
En el camino pasamos por el vivero. Cada vez se ven menos casas y el silencio se hace sentir así como el aire seco del campo y las calles de tierra que emanan polvo a nuestro paso.
Lejos van quedando el ruido de las campanas y cánticos eclesiásticos. Solo se oyen nuestra respiración junto al ladrido de algún perro que pasa.
De la vieja estación de tren seguimos unos metros más y llegamos hasta una imponente estancia, “Villa Elisa” la llaman, lugar donde vive el “hombre más rico del pueblo” cuenta mi padre, quien tiene detrás de la casa una huerta de repollos azulados, acelgas y lechugas moras que generan una especie de brillo especial que se percibe incluso antes de arribar al lugar.
Este hombre ha acudido, ya hace algún tiempo, al consultorio de mi padre, pero no al médico, sino al político, profesor, consejero espiritual de tinte moralista, para contarle en medio de un estallido de lágrimas que su mujer, fruto de un brote esquizofrénico, ha amenazado con dejarlo.
Carga con un hijo propio y dos que la mujer tuvo con un homosexual reprimido que nunca se hizo cargo del asunto y la dejó sola. Esta mujer vino de
Pero la historia no termina aquí. Parece que el homosexual, antes reprimido ahora es pareja de otro de los “hombres más ricos del condado”, en un pueblo que impugna las paredes condenando la homosexualidad con la típica frase “puto” y que asiste a misa todos los domingos, sumándole a esto años de catequesis, retiros espirituales, misiones, grupos juveniles y demás prácticas de la vida religiosa.
Luego del estallido, la mujer de este hombre ha ido a parar unos meses a un asilo psiquiátrico cercano. Ahora parecería encontrarse un poco mejor. Mientras nos alejamos, la veo salir del casco de la estancia con un vestido floreado y una capelina blanca, lleva una silla de madera entre sus manos. Se sienta frente a la huerta, saca un ovillo de lana y se pone a tejer.
Con mi padre seguimos caminando, ahora en dirección al hospital. Miro esos muros grises e imagino cientos de historias similares de hombres y mujeres tratando de encontrarle un sentido a su existencia en ese perímetro pequeño y grande a la vez, que tiempo atrás alguien decidió que pertenecería al Fortín de Areco.
En dirección al centro, vemos volver a los hombres vestidos de gauchos portando caballos. Ya casi anochece, las calles van quedando desiertas con el añadido de los excrementos que lo animales fueron dejando a su paso.
La virgen descansa dentro del santuario. Al día siguiente las damas de la iglesia asistirán muy temprano a rezarle el rosario y venerarla.
Como lo hacen todos los días.